Hay ciudades que guardan su historia en los libros, y hay otras, como Vélez-Málaga, que prefieren susurrarla a medianoche, cuando el bullicio del día se apaga y las farolas de hierro forjado proyectan sombras alargadas sobre el empedrado. En el corazón del casco histórico veleño, especialmente en las inmediaciones de la emblemática Calle Cervantes, el aire de las noches de otoño parece detenerse. Es ahí donde los antiguos vecinos de la Axarquía, junto al calor de las chimeneas o a la luz tenue de un candil, solían contar una de las historias más inquietantes y enigmáticas del folclore local: la leyenda de El Hombre sin Rostro.
I. Las sombras de la vieja hidalguía
Corre el siglo XVII, una época en la que Vélez-Málaga era un hervidero de frailes, hidalgos empobrecidos, comerciantes y viajeros que cruzaban caminos polvorientos. Las casonas solariegas de la ciudad, con sus portones de madera noble y sus patios silenciosos custodiados por arcos de medio punto, escondían secretos de honor, deudas ocultas y pasiones prohibidas.
En aquellos tiempos, las normas de la caballerosidad dictaban que nadie debía transitar por las callejuelas más empinadas pasada la medianoche sin una razón de peso. Sin embargo, los jóvenes apuestos y los noctámbulos empedernidos rara vez hacían caso. Entre ellos destacaba Don Rodrigo de Mendoza, un caballero tan valiente como fanfarrón, recién llegado de tierras castellanas para resolver ciertos asuntos de herencia. Cuando los ancianos del barrio le advertían sobre los peligros de caminar sin compañía, él solía responder con una sonrisa altanera: "A un hombre de mi estirpe solo le temen los vivos".
II. El encuentro bajo la luz de la luna menguante
Era una noche gélida de invierno. Un viento de levante afilado soplaba entre los callejones, haciendo que los postigos crujieran como lamentos. Don Rodrigo regresaba a su posada tras una larga velada de cartas y vino en una taberna cercana a la Iglesia de Santa María.
Al adentrarse en la angosta travesía que hoy conocemos como Calle Cervantes, notó que el ambiente cambiaba de golpe. El murmullo lejano de la ciudad se extinguió, sustituido por un silencio tan denso que el único sonido era el eco seco de sus botas sobre las piedras. De repente, a pocos metros de distancia, bajo el tenue resplandor de una luna que apenas se filtraba entre los tejados, una figura alta y estática bloqueó el paso.
El desconocido vestía con una elegancia lúgubre: una capa larga y oscura de paño pesado, un chambergo de ala ancha y un jubón de terciopelo ajado. Su postura era perfectamente recta y amenazante en su quietud. Al exigirle que apartara el camino, la figura no emitió sonido alguno.
III. El horror en el vacío
Sintiendo una mezcla de rabia y un extraño escalofrío, Don Rodrigo dio dos pasos al frente, desenvainó unos centímetros el acero y estiró la mano para apartar con brusquedad el ala del sombrero del extraño, levantando su linterna de mano.
Lo que sus ojos vieron en ese instante quebró para siempre su valentía. Debajo del sombrero de ala ancha no había ojos que devolvieran la mirada, ni nariz, ni boca, ni rastro de piel humana. El espacio donde debía hallarse el rostro era un absoluto y perfecto vacío, una superficie lisa, mate y pálida, como si el propio viento y la niebla se hubieran condensado para tomar forma humana.
Un terror primario, helado y paralizante estalló en su pecho. La espada cayó de sus manos con un estrépito metálico contra el empedrado. El caballero intentó gritar, pero la voz se ahogó en su garganta seca mientras la figura se deslizaba silenciosamente hacia él.
IV. El eco eterno en las piedras de Vélez
Cuando los primeros rayos de sol comenzaron a bañar las torres mudéjares de Vélez-Málaga a la mañana siguiente, unos arrieros que bajaban hacia el mercado encontraron a Don Rodrigo tendido en el suelo, inconsciente, pálido como el mármol y con la mirada perdida en un infinito de locura.
Nunca volvió a ser el mismo. Durante el resto de sus días en la ciudad, evitó salir al caer el sol. Y desde entonces, los vecinos de la Axarquía aseguran que, en las noches de luna nueva, cuando la niebla abraza el casco histórico de Vélez-Málaga, el Hombre sin Rostro vuelve a patrullar las esquinas silenciosas.
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